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La Coctelera

EL CORAZÓN HELADO

 Es un libro terrible, porque terrible fue la guerra y la posguerra y la anteguerra, en esta España que ha sido siempre de buenos y malos, y tierno, porque las historias que subyacen son tiernas, duras, amables, ásperas, injustas.

 La autora quiere saldar la gran deuda que nuestro país contrajo con los republicanos españoles y el mejor homenaje es contarnos la verdad. De ahí que denuncie el trato vejatorio que Francia les dio cuando pasaron la frontera internándolos en campos de concentración (franceses, no alemanes), así como el abandono en el que se sumieron cuando las potencias europeas, que tan alegremente habían venido a luchar contra el fascismo en España a finales de los años treinta, les dieron la espalda apoyando el régimen del dictador (cosa que interesaba, entre otros, a los EE.UU. o a Churchill, dicho sea de paso, para hacer de contrapeso a los regímenes comunistas de la Europa del este). También deja muy clarito los enfrentamientos que había entre socialistas, anarquistas y comunistas durante la guerra, que no era oro todo lo que relucía.

 No voy a contar nada nuevo de esta pedazo de escritora cuyo "Atlas de geografía humana" me encandiló y en cuyo "Los aires difíciles" me enamoré perdidamente del prota.

 El argumento del libro, en realidad, es sencillo, si se me permite el adjetivo, pero el esquema es enrevesado, ya que hay continuos flash-backs, lo que demuestra una gran habilidad por parte de la autora que va tejiendo capítulo tras capítulo toda la historia, hasta desentrañar finalmente el misterio que envuelve a los protagonistas y una no menos habilidad por parte de los lectores que vamos desenmarañando capítulo tras capítulo la madeja, para seguir el hilo argumental sin perdernos.

 La escritora se ha fijado en la familia media española de aquella época: el nieto de los condes que abomina de los privilegios de su clase, casado con la hija de los ricos olivareros que, poco a poco, va teniendo conciencia social.

A su vez, este matrimonio tiene varios hijos: un abogado, la que se casa con un ingeniero... todos son comunistas hasta la médula y los buenos, según ellos se autodenominan porque son los que defienden el orden constitucional vigente en aquel momento.

 Por otra parte, está la familia, llamémosle mala, compuesta por el pobre pastor de ovejas calzonazos, inculto, que se casa con la maestra y a la que no le llega ni a la suela de los zapatos.

La maestra, que poco a poco, se va dando cuenta del gran error cometido por casarse con ese pobre hombre intransigente, meapilas, y muy de derechas, se escapa con el bueno: un maestro tan progre como ella.

Desgraciadamente, la maestra, como no cabía esperar otra cosa, se muere de tuberculosis en el penal de Ocaña, donde es recluida por su pensamiento político.

Este matrimonio tiene dos hijos, la niña que se la lleva la madre y de la que apenas se vuelve a saber nada, y el niño, más mayor, que se queda con el padre.

Como es hijo de buena y malo, no podía ser bueno totalmente (como lo eran los otros, que eran hijos de bueno y buena) por lo que, aunque en un primer momento sí cree en los principios que impulsan a su madre a la lucha por la igualdad social, posteriormente se va convirtiendo en un oportunista y un trepa, que vive opulentamente y que, a su muerte, deja un montón de dinero a sus hijos, algunos de los cuales son buenos, como el protagonista, que va desenmarañando toda la vida de su padre, y otros, son malos.

 Realmente, es un resumen muy simplista, porque hay una trama de misterio muy interesante hasta que se llega a descubrir toda la verdad.

 Una vez más, los buenos y los malos "ellos son los malos porque se rebelaron".

Lo que he echado en falta ha sido más rigor en la memoria histórica, ya que, en mi modestísima opinión, se obvian muchos aspectos que no son tan obvios. Quizá ha perdido una buena oportunidad para dejar las cosas en su sitio y explicar lo inexplicable porque, aunque nada en el mundo justifica una guerra ni un golpe de Estado ni, mucho menos, una dictadura posterior, la situación no era precisamente pacífica antes del 18 de julio y me parece una trivialidad que esta gran escritora, a la que de veras admiro, lo pretenda reducir a que se quemó alguna iglesia; desgraciadamente, no sólo hubo quema de iglesias. Si un gobierno legal, votado en las elecciones, pretende ser justo y legitimarse, no tiene que legislar contra quienes no le votaron, sino a favor de todos sus ciudadanos.

 Realmente, creo que todavía nos falta perspectiva histórica para tratar este tema.

Y, ya puestos a querer dar homenajes y a contar la verdad, cuando seamos más mayorcitos, podremos reconocer la gran ayuda que nos prestaron (digo nos, porque me he sentido tan aludida y agredida por la situación que relata el libro como el que más) nuestros países hermanos de habla hispana, como los niños de Morelia, ese barco con hijos de republicanos que llegó a las costas de México y que, sin pedir papeles, fueron acogidos generosamente por familias mexicanas y allí tuvieron su sitio; o los hispano-argentinos, hispano-paraguayos, hispano-uruguayos, hispano..., que fueron acogidos sin necesidad de papeles, por el mero hecho de ser españoles. Los que emigraron a Francia o Alemania siempre fueron tratados como extranjeros, pero ellos fueron considerados como hermanos.

En fin, ni más ni menos, como hacemos ahora nosotros (sic).

Cuando lo estaba leyendo pensé en Machado y Almudena Grandes tampoco olvidó la cita: "una de las dos Españas ha de helarte el corazón".

El lector

Un resumen: un chico de 15 años, Michael, tiene una aventura amorosa con una cobradora de tranvías, Hannah Smidt en la Alemania de 1.958. Él le lee libros antes o después de hacer el amor (Chejov, Homero...). Finalmente, a ella le ofrecen un ascenso, pasando a las oficinas y abandona la ciudad sin despedirse de Michael (es de suponer que porque no sabe ni leer ni escribir, con lo que no puede desempeñar ese trabajo, pero no se atreve a reconocerlo).

Más tarde, el chico, como ella le llama, estudia para ser abogado y junto con su profesor y un grupo de compañeros acuden a un juicio en el que se juzga a seis mujeres, acusadas de haber sido guardianas en un campo de concentración y de seleccionar prisioneras para ser exterminadas.

Resulta que, entre las acusadas, se encuentra Hannah; el chico, sufre un gran shock al verla allí y no puede reprimir sus sentimientos, llorando en algunas ocasiones (muy tierno).

El juicio tiene lugar porque una de las supervivientes del campo escribe un libro detallando cómo las seis guardianas condujeron a las acusadas al campo de concentración y, en una parada, la mayoría de las prisioneras (salvo ella y su hija) perecen porque un bombardeo origina el incendio de la iglesia en la que se habían refugiado para pasar la noche, al encontrarse allí encerradas y no poder salir porque las puertas estaban cerradas por fuera.

La única que admite lo ocurrido es la analfabeta Hannah, quien reconoce que no abrió la puerta de la iglesia porque su orden era conducirlas al campo de concentración y, si abría la puerta, se escaparían (un claro indicio de que era una persona borreguil, incapaz de pensar por sí misma y se limitaba a seguir órdenes de sus superiores).

Con posterioridad al incendio, las guardianas escriben un informe detallando los hechos.

En el juicio, las otras acusadas se ponen de acuerdo para alegar que Hannah era la que estaba al mando de la operación y quien había escrito ese informe.

El juez le pide a Hannah que escriba unas palabras para comprobar la letra, pero ella, antes de hacerlo, reconoce que sí, que ella lo escribió.

Michael se lleva una gran sorpresa, ya que sabe que es imposible, por lo que le cuenta a su profesor que él tiene conocimiento de datos importantes, a favor de una de las acusadas; el profesor le insta a que los haga saber, pero Michael hace caso omiso.

Finalmente, condenan a cinco de las guardianas a cuatro años de cárcel como cómplices de su delito y a Hannah  a cadena perpetua, por ser la jefa. 

Uno espera que Michael, para hacer justicia, revele la verdad, pero es mucho esperar porque, con los judíos hemos topado, amigo Sancho. 

Michael llega a ser abogado, y le envía a la presa cintas grabadas de los libros que antaño le leía. Y todos contentos, claro, porque Hannah está pagando por el holocausto de millones de judíos, ella solita. (En uno de los momentos del juicio, uno de los compañeros de Michael hace un comentario, a mi parecer, acertado, indicando que se las está juzgando a raíz del libro de esa superviviente, pero que ellas no son las causantes del holocausto, y se las está tomando como chivos expiatorios. Segundos después, supongo que los guionistas se darían cuenta de que esa frase no era políticamente correcta, por lo que añade que, si de él dependiera, mataría a las seis mujeres).

Hay que dejar claro una cosa, esas seis mujeres no mataron nunca a nadie, sino que seleccionaban a las prisioneras que sobraban, para enviarlas a la muerte (algo que, por descontado, me parece deleznable).

 La pobre Hannah se sigue pudriendo en la cárcel, aprende a leer y escribir de forma autodidacta, gracias a las grabaciones que le envía Michael y, finalmente, después de veinte años en la cárcel, le conceden la libertad. Una de las encargadas de la prisión llama a Michael para comunicarle la noticia y que ella no tiene ni trabajo ni un lugar para vivir, por lo que Michael le busca un piso y un trabajo. Sin embargo, antes de salir de la cárcel, Hannah se suicida. Como última voluntad, le deja a Michael la labor de entregar sus ahorros, siete mil marcos, a la hija de la superviviente del campo de concentración, que vive en Nueva York.

Se ve a Michael que se entrevista con ella, una persona prepotente que niega su perdón a Hannah, y que no acepta su dinero. Michael le dice que podía legarlos a una fundación, a lo que ella, en otro alarde de soberbia añade que ninguna fundación judía podría aceptar ese dinero, Michael insiste en que se puede crear una fundación para analfabetos, y ella, más prepotente aún, indica que hay múltiples fundaciones judías (vamos, que son unos auténticos santos que se dedican a hacer el bien por doquier) y que, afortunadamente, no hay judíos analfabetos.

A todo esto, vemos a Michael con lágrimas en los ojos ante ella por la gran maldad de Hannah. Se echan de menos esas lágrimas cuando le está grabando a Hannah las cintas, o cuando no hace nada por evitarle esos veinte años en la cárcel. Quizá se esperaba que Michael hablara a favor de Hannah, lo que habría tenido como consecuencia que, en lugar de pasar veinte años, sólo hubiera pasado cuatro, como las otras acusadas; pero, ni él se atreve a decir nada, ni en ningún momento de la película denota ninguna clase de mala conciencia ya que, como Hannah fue mala, tiene que pagar por ello, claro.

 Y, después de tanta película en el siglo XXI del holocausto judío ocurrido en el siglo XX (insisto, algo atroz y deleznable, nadie tiene derecho a exterminar a otro), uno espera que en el siglo XXII, se hagan películas sobre todo lo que está sufriendo el pueblo palestino en el siglo XXI.